Emociones, cuidado y poder


Emociones, cuidado y poder
Marcela Rodríguez Urrego
Línea de investigación: Memoria, corporalidad y autocuidado
Licenciatura en Educación Comunitaria
Universidad Pedagógica Nacional

Para llegar a ser feliz con menos esfuerzo y para serlo con seguridad y sin miedo a verse perturbado en la propia felicidad, hay que hacer en modo que los otros sean felices con nosotros; porque si uno pretende no ocuparse más que de sí mismo, se verá continuamente confrontando por continuas oposiciones, mientras que si los otros lo son al mismo tiempo, entonces todos los obstáculos caen y todo el mundo nos presta su ayuda.
Damien Mitto


El cuidado en tiempos del Covid


Este escrito surge de la necesidad, que me ronda hace tiempo, de retomar la reflexión sobre el cuidado, intensificada en el marco del covid-19. En un contexto marcado por la impotencia, incluso por cierto grado de indiferencia, salen a la luz silenciosos, anónimos y numerosos gestos de  compasión, incluso en lugares inesperados. La humanidad despierta: surgen múltiples iniciativas colectivas, de solidaridad, de cuidado mutuo y de cuidado por otros. También salen a la luz noticias de mezquindad, avaricia, egoísmo: familias expulsadas de sus paga diarios, persecuciones a personas infectadas, amenazas a médicos, ineptitud, indolencia y avaricia por parte de quienes nos gobiernan. El homo sapiens-demens desplegado en toda su complejidad.

¿Qué hace que frente a una crisis que nos amenaza a todos por igual[1], algunos busquen salvarse a como dé lugar y otros, expongan su vida, sacrifiquen su comodidad, estén atentos a las necesidades de su entorno e incluso de otros distantes?


La pandemia también interpela mi capacidad de cuidar de otros. ¿Qué tanto quiero, puedo y debo cuidar de otros? ¿Cuál es el límite? ¿Conservar el buen humor, los propios proyectos, los momentos de introspección y descanso es legítimo cuando hay tanta necesidad alrededor? Sentirme desbordada por una situación y no querer momentáneamente apoyar, ¿es una muestra de egoísmo y maldad? ¿Quien se entrega totalmente y sin reservas al cuidado de los otros lo hace por altruismo, por miedo a encontrarse consigo mismo, en la búsqueda de reconocimiento y/o poder? ¿Todas las razones son igualmente válidas? ¿Las razones que yo consideraría equivocadas demeritan la acción de cuidado?





Una colega me advierte: si centramos nuestras enseñanzas del cuidado en el autocuidado, el resultado será gente egoísta que desconocerá a los otros y sus necesidades. Entonces, ¿son aquellos que cuidan de sí mismos quienes descuidan al prójimo?


Recuerdo también que, en algún escrito anterior sobre este tema, suscribía la idea heideggeriana del cuidado como modo de ser del “ser ahí”[2] y afirmaba que, por lo tanto, el cuidado no debía aprenderse, por tratarse de una pulsión profunda y definitoria del estar humano en el mundo. Pensando con Heidegger que tendemos a olvidar nuestro constituyente carácter de “estar con otros”, para “arrojamos a las cosas”, veo que los momentos límite, como la pandemia del Covid, pero también la enfermedad, la pérdida, el fracaso que vivimos individualmente, nos recuerdan la interconexión inevitable que tenemos con la vida de los otros.

 ¿Realmente el cuidado no necesita ser enseñado? Si es así, entonces, ¿por qué campos de saber dedicados a él, como la enfermería, desarrollan etapas de aprestamiento para el buen cuidar (Batalla, Santamaría, Monsalvo, y Santamaría, 2018)? ¿Qué es lo que se aprende del cuidado y en qué se diferencia de otras materias que aprendemos? ¿Qué es lo que aquellos que descuidan a los otros o utilizan el cuidado como juego de poder, no han aprendido? ¿Qué deberíamos enseñarles?

Para responder a estas preguntas quiero traer a colación cuatro reflexiones que desde ópticas diversas realizan autores de la Modernidad tardía. Desde su pensamiento diverso ponen en cuestión algunas asunciones modernas que en muchos espacios de la vida cotidiana seguimos dando por sentadas. También nos invitan a comprender las dinámicas esenciales del cuidado.

Mamíferos


Maturana desarrolla su concepto de la biología del amor poniendo en cuestión las tendencias de pensamiento predominantes que nos hacen considerar, con Hobbes, la competencia y la búsqueda de dominio como características primordiales del ser humano. Por el contrario, él plantea que las formas de interacción predominantes en el ser humano enraizan en nuestra condición mamífera: en la cual el cuidado, el juego y la ternura desempeñan un papel vital, clave para nuestra sobrevivencia individual y como especie.

Su afirmación se sustenta en dos fuentes: por un lado, la teoría del cerebro triple según la cual, nuestra herencia mamífera decanta en el cerebro límbico encargado de  los estados emocionales y cuya existencia es anterior al neocórtex (este último implicado implicada en las llamadas funciones cerebrales superiores: órdenes motoras, control espacial, percepción sensorial, pensamiento consciente y lenguaje). Por otro lado, en los estudios de sociedades pre-patriarcales (como los de Eisler y Gimbutas) que dan cuenta de sociedades exquisitas, con una concepción del poder como responsabilidad y no como dominio, con escasas diferencias jerárquicas, nulas prácticas guerreristas e importantes desarrollos técnicos (como la agricultura, la escritura y el cultivo de las artes)[3]. Estas culturas muestran nuestra pertenencia a


un linaje de animales recolectores que compartían su alimento (…) toda la historia social humana tiene su origen en ese modo de vidaEl lenguaje surge probablemente de ese modo de vida a lo largo de una historia de por lo menos dos o tres millones de años. Y esa historia es lo central, lo que caracteriza a este homínido que eventualmente termina siendo el «homo sapiens» moderno… (Maturana, 1999, p.xx)


Las mayores reservas que surgen frente a esta tesis vienen de la naturalización de la visión moderna del ser humano, la cual, lejos de ser natural, se logra por medio de múltiples y variadas formas de disciplinamiento y subjetivación evidenciadas en la obra de Foucault y otros autores. Estas prácticas sociales nos han llevado, al parecer con éxito, a aprender a desconfiar, competir y someternos voluntariamente a largas jornadas de inmovilidad o trabajo repetitivo y sin sentido mientras soñamos al final de la jornada redimir nuestra infelicidad por medio de consumos que amenazan nuestra salud e incluso nuestra dignidad. [4]


Más allá del debate sobre si es más natural el amor que la violencia lo que postula Maturana con la biología del amor es que nuestras interacciones de todo tipo están más asentadas en la emocionalidad que en la racionalidad, y que usamos subterfugios racionales para justificar nuestras emociones, engañándonos al postular que se trata de criterios racionales.

Maturana plantea la existencia de dos emociones básicas de las cuales podrían derivarse el resto de las conocidas: el amor y el miedo. Los tiempos de pandemia parecen corroborar que fluctuamos entre una emoción de apertura que se expresa como generosidad, compasión, solidaridad y empatía con quienes sufren y otra, más oscura en la que el temor a la muerte, a la escasez, a la incertidumbre, a la enfermedad transmutan en avaricia, rabia, agresión, intolerancia.

El amor, desde el punto de vista de Maturana está lejos de la mirada romántica, se trata simplemente de aceptar y vivenciar al otro como legítimo otro.

Trabajo individual
  • 1.       Cierra tus ojos e imagina una situación que te genera sentimientos positivos, amor.
  • 2.  Busca ahora una situación negativa en la que tus sentimientos predominantes sean de agresividad.
  • 3.   Intenta transformar esta emoción negativa en una sensación de reconocimiento de la legitimidad del otro ¿Logras hacerlo?
  • 4.       ¿A qué recursos puedes remitirte para cambiar el sentido de tus emociones?







Autocuidado; cuidado de sí


La perfectio del hombre –el llegar a ser eso que él puede ser en su ser libre para sus más propias posibilidades– es «obra» del «cuidado»
Heidegger

Pero ¿Qué es el cuidado? ¿Cuál es su tesitura? ¿Pertenecen a la misma orden el cuidado que uno se prodiga a uno mismo que el cuidado con que atiende a otros, otras? ¿Cómo es la relación entre ellos?
En una breve entrevista concedida en la década de los 80, publicada como “el cuidado de sí” Michel Foucault aborda el tema del cuidado de sí. Este tema, para quienes lo entrevistan, evidencia un giro en su pensamiento: el desplazamiento del foco en las dinámicas de subjetivación que operan sobre un “sujeto pasivo” hacia el “sujeto activo”: quien en ejercicio de su libertad se distancia de las pretensiones de determinación sistémica sobre su ser.
En la búsqueda de esos ejercicios que denomina “prácticas de sí”, Foucault se remite a la tradición grecolatina clásica que centra su ética en la idea del cuidado de sí, entendida como “un ejercicio de sí sobre sí por el cual uno intenta elaborarse, transformarse y acceder a un determinado modo de ser”. Se trata de un ejercicio con un doble carácter, por un lado, es expresión de la libertad del sujeto, él escoge actuar, no está determinado y, tiene un valor ético porque expresa su opción activa por un cierto tipo de valores[5]. Pero, además, tiene un carácter emancipatorio por cuanto al reflexionar sobre las pasiones que le invaden, el sujeto puede distanciarse de ellas, escogiendo sobre la base del yo que se plantea ser.
Por cuanto la libertad es el bien mayor de esta tradición (libertad frente a otros pueblos, a los gobernantes, a las pasiones) el “cuidado de sí” es la expresión más depurada de su ética, es libertad reflexiva. Cuidar de sí implica conocerse (conócete a ti mismo) pero también conocer los mandatos y prescripciones sociales[6].

Esta valoración del cuidado de sí difiere de la tradición cristiana. Esta lo ve con desconfianza, como una forma de egoísmo, o de interés individual que va en contra del interés colectivo o una expresión de vanidad que aleja a quien cuida de sí del reino de los cielos. Por ende, como fuente de fallas morales.

En la tradición grecolatina, por el contrario, el cuidado de sí, el dominio de las propias pasiones, la libertad reflexiva es una cuestión política, pues el aporte que el individuo hace a la dimensión colectiva pasa por su capacidad de no ser esclavo ni de sí mismo ni de sus apetitos: “lo que implica que se establece consigo mismo una cierta relación de dominación, de maestría”. Pero, además, quien sabe dominarse, controlarse, moldearse a sí mismo sabe también, ocuparse en justicia de las relaciones de la comunidad, de la familia, tanto en su dimensión pública como privada. De esta manera, el cuidado de sí revierte siempre en cuidado de los otros. Sólo quien sabe cuidar de sí puede ocuparse de los otros sin convertir la relación en una de dominación[7]. Sin “aprovecharse” del otro. Sin cometer abusos de poder[8].

Foucault evidencia una distancia entre esta manera de concebir el sujeto del cuidado de sí, que se manifiesta como un sujeto activo, por cuanto ejerce reflexivamente su libertad, del sujeto de derechos que se promulga en la filosofía moderna y que es resultado de una acción institucionalizada. Insinúa que, para la resolución de los dilemas contemporáneos, es más pertinente el sujeto ético del cuidado de sí pues involucra las interacciones con otros y el ejercicio de la libertad, abriendo un campo del ejercicio político en el que la acción ética tiene espacio. Por el contrario el sujeto de derechos surge desde la actividad de un estado cuasi-omnipotente, ciego a las diferencias y promulgador de prácticas homogenizantes convirtiendo al sujeto en un problema jurídico.[9] 

Trabajo individual
  • 1.       ¿Coincide tu intuición sobre el autocuidado con la idea que plantea Foucault de un sujeto ético en ejercicio de su libertad?
  • 2.       ¿Puedes identificar alguna práctica opresiva del sistema económico-político que pueda anularse con acciones de “cuidado de sí” en el sentido desarrollado por Foucault? ¿Cuál o cuáles?
  • 3.       ¿En qué sentido podrías suscribir la afirmación de que los gobernantes corruptos no cuidan de si?
  • 4.       En el marco de las luchas emancipatorias en medio de la crisis sistémica que atravesamos, ¿Qué valor consideras que puede tener valor el ejercicio del “cuidado de sí”?
  • 5.       ¿En que sentido el “sujeto de derechos” como noción constituyente de las luchas políticas puede convertirse en un freno para la transformación social en las actuales circunstancias?
  • 6.       ¿Qué papel le otorgarías a las emociones, como las plantea Maturana, en el ejercicio del “cuidado de sí”?
  • 7.       ¿Qué relación encuentras entre las prácticas de sanación y el “cuidado de si”?
  • 8.       ¿Puede el “cuidado de sí”, limitar la victimización por parte del sistema? ¿Podrías dar un ejemplo de ello?





Huir de sí y arrojarse al mundo de las cosas


En el concepto del “cuidado de sí”, el sujeto, en busca de expresar su libertad frente a sus pasiones y contingencias externas, se esfuerza en el ejercicio de una libertad reflexiva y desde allí afecta a los otros, evitando enceguecerse con el poder. Los otros aparecen, por así decirlo, como efecto no deseado de la búsqueda de la propia perfección y libertad. 

De manera distinta, el punto de partida de la aproximación fenomenológica que hace Heidegger a la existencia humana, pasa estructuralmente por la existencia de los otros. El ser-ahí (el Dasein, el ser humano) es siempre un ser arrojado al mundo en medio de otros que son con él. El cuidado (la cura) tiene un papel fundamental en su relación con los otros, es al mismo tiempo cuidado de los otros y cuidado de sí mismo, pero es además el lugar en el que el ser–ahí es de manera más propia.[10]

La aproximación heideggeriana al ser-ahí parte de la existencia compartida con otros no como un lugar al que se llega sino como un punto de partida fáctico e incuestionado, esencial. El ser-ahí es siempre ser con otros, establece con ellos una relación de cura independientemente de su hacer, omitir, o pensar. Tanto si se comporta con propiedad o de manera impropia[11] la relación del ser ahí con el mundo poblado de otros seres-ahí es una relación que es cuidado (cura). En esta relación se fundan el querer, el desear, el impulso, la inclinación.

Una manifestación de esta actitud de cuidado es el “temer por” los otros (p. 160), que se expresa cuando los vemos corriendo riesgos que podrían arrancarlos de nosotros. También la conciencia de la inevitabilidad de la muerte que se experimenta solo en la ausencia de quienes ya no están (nunca como una experiencia personal) nos abre, en su conciencia, a la posibilidad de “ver en torno” y así dotar nuestra vida de sentido para “curarnos” de ella. Es decir, constituirnos desde el cuidado propio y la conciencia del estar inevitablemente con otros.

¿Cómo se explica entonces, que siendo nuestro ser esencialmente disposición al cuidado, a la solicitud, al “procurar por”, respondamos de manera impropia al ser-ahí de los otros, respondamos desde la indiferencia, o el pasar de largo?  

La respuesta solidaria frente a la necesidad del otro requiere la activación de la atención que se expresa en la capacidad de escucha: “Escuchar de manera atenta y con disposición de apertura hacia el otro” (Rodríguez, 2016). Pero la condición humana lleva a que a veces nos veamos “arrojados al mundo”, absorbidos por sus asuntos, ensimismados en las cosas, olvidados de nuestra condición  humana. En particular en la Modernidad, la ciencia y la técnica y la forma de pensamiento que estas 







estandarizan hace que, según Heidegger, el individuo se vea sometido a fuerzas más poderosas que él, que lo “anulan, empequeñecen y manipulan” haciéndole “perder de vista el sentido de su propia existencia” (Escudero, 2012) y llevándole a vivir en ausencia de sí mismo. Es desde ese lugar de ausencia, de inconciencia donde invisibilizamos a los otros, pero al hacerlo con los otros lo hacemos con nosotros mismos.

La escucha atenta, tanto a los otros como a nosotros mismos, es la que nos permite despertar a la conciencia y activar nuestra capacidad de cuidado. Esa escucha atenta es muchas veces gatillada por sucesos externos que detienen el flujo de las cosas y nos devuelven la conciencia de ser efímeros, de que la muerte sea una posibilidad real para nosotros.

El cuidado como actitud emerge como responsabilidad por mí mismo/a y por los otros, evidenciando la situación en la que vivimos, que nos es propia. Afirma Escudero:

“La situación que nos es propia no se limita al ámbito de nuestras preocupaciones personales, sino que se enmarca en el horizonte del mundo del que nos cuidamos. Y es precisamente el cuidado el que abre ese horizonte del mundo como trasfondo de toda significatividad. ” (Escudero, 2012, p.78)

El cuidado es entonces una actitud de apertura y de conciencia frente a los/las otro/as y frente al entorno, que nos permite sobrevivir. En cada época de nuestra existencia, nuestra relación con el cuidado cambia. Somos sujetos de cuidado especialmente en la infancia y la vejez y también cuando estamos enfermos. La paradoja principal de nuestro momento cultural es que estando todos necesitados de cuidado al nacer y cerca de la muerte, en el entretiempo de estos dos momentos el mundo nos absorbe de manera tal que olvidamos la importancia del cuidado. Lo convertimos en tarea especializada, en servicio pago, alienándonos así de nuestra propia humana condición y perdiendo la profunda oportunidad de ser con otros en consciencia.







Trabajo individual
  • 1.    ¿Recuerdas alguna situación existencial en que las circunstancias te llevaron a tomar conciencia de que estabas arrojado en el mundo de las cosas y te obligaron a volver a ti y a los tuyos? ¿Qué aprendiste en esa situación sobre el cuidado? ¿Cambió esta situación tu manera de estar en el mundo?
  • 2.       ¿Reconoces algún dispositivo tecnológico que tienda a hacerte olvidar tu estar en el mundo y desconocer tu responsabilidad por los/as otros/as?
  • 3.       ¿Estarías de acuerdo con la afirmación de que la actual crisis civilizatoria se enraiza en una actitud de descuido hacia nosotros mismos y los otros?
  • 4.       ¿Puedes dar un ejemplo en el que se haga evidente que cuidar de los otros es al mismo tiempo cuidar de uno mismo?
  • 5.       ¿Reconoces alguna situación en la que fuiste víctima de descuido por otros por ausencia de escucha consciente?
  •  




Referencias
Batalla, M., Santamaría, J., Monsalvo, E. y Santamaría, A. (2018). Hermenéutica del cuidado: una propuesta teorética en el aprendizaje y educación en salud. En: Revista Ene de Enfermeria. Vol. 12, No. 3.
Escudero, J, (2012). Ser y tiempo»: ¿una ética del cuidado?. En Autora, No. 13, pp. 74-79
Foucault, M. (1984) El cuidado de sí. La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad. Diálogo con H. Becker, R. Fornet-Betancourt, A. Gomez-Müller. En:
Heidegger, M., (1980). Ser y tiempo. México: FCE.
Maturana, H. (1999). Transformación en la convivencia. Santiago de Chile: Dolmen.
Paoli, A. (2003).  Educación, autonomía y lekil kuslejal: Aproximaciones sociolingüísticas a la sabiduría de los tzeltales. México: Comité de Derechos Humanos Fray Pedro Lorenzo de la Nada, S. C. y Universidad Autónoma Metropolitana.
Rodríguez, L. (2016) El dasein es por mor de otros. En Guevara, C (ed.) La formación y la constitución del ser. Bogotá: DIE.



[1] Claramente hay diferencias en el tipo de vulnerabilidades. Unos pueden quedarse en casa otros se ven obligados a continuar la búsqueda de su sustento poniendo en riesgo su vida y la de sus familias. Pero para todos, este tiempo trae incertidumbres e incógnitas, hace aflorar los miedos, desestabiliza las maneras en que convencionalmente nos narramos, devela la crueldad que habita en los discursos convencionales sobre bienestar, productividad, economía. A todos nos enfrenta a las profundas inequidades en que habitamos.
[2] Una compleja reflexión sobre la condición humana lleva a Heidegger a catalogar al ser humano como “ser ahí” (Dasein) por manteder el foco de la reflexión no entraré a presentar este aspecto del pensamiento del autor.
[3] Un espíritu similar puede encontrarse en las actuales sociedades mayenses (tojolabales, tzolziles y tzeltales; Lenkersdorf, 2005; Paoli, 2003) cuya expresión política se aprecia muy bien en las apuestas del EZLN.
[4] “La solidaridad tiene un fundamento biológico primario, que por ahora se puede negar culturalmente pero no suprimir” (Maturana, 1999, p. xx)
[5] “La libertad es la condición ontológica de la ética. Pero la ética es la forma reflexionada que toma la libertad”
[6] Foucault toma estas palabras de Plutarco para expresarlo: "es necesario que aprendas los principios de un modo tan constante que, en el momento en que tus deseos, tus apetitos, tus temores, se despierten como perros que ladran, el logos hablará como la voz del dueño que, de un solo grito, hace callar a los perros"
[7] … ”es el poder sobre sí el que va a regular el poder sobre los demás”.
[8] Aunque el tema de las relaciones de poder es central en los aportes de Foucault puede entenderse su comprensión del poder como “la relación en la cual uno quiere intentar dirigir la conducta del otro”.
[9] … ”si usted intenta analizar el poder a partir de la institución política, usted no puede ver al sujeto sino como sujeto de derecho. Se tiene un sujeto que estaría dotado de derechos o que no lo estaría y que, por la institución de la sociedad política, ha recibido o ha perdido derechos: por ello es devuelto a una concepción jurídica del sujeto… (La visión ética del sujeto), por el contrario, hace valer la libertad del sujeto y la relación con otros, es decir, lo que constituye la materia misma de la ética.”
[10]En cuanto totalidad estructural original, la cura es existenciariamente a priori de toda ‘posición’ y ‘ ‘ ‘conducta´ fáctica del ‘ser ahí’, es decir, se halla siempre ya en ella”. §41. (Heidegger, 1980, p. 214)
[11] Coloquialmente, tanto si cuida a los otros o los descuida

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